Cómo comenté en alguna ocasión, debido a (sobre todo) la violencia obstétrica y el estrés del entorno, en un momento dado, busqué opciones viables de parto en casa. Al principio, camuflaba ese interés en la idea de desarrollar sólo la fase de dilatación en casa y, posteriormente ir al hospital. Pero era muy evidente que mi intención era otra. 

Me costó bastante encontrar al grupo de matronas con el que he estado trabajando hasta el momento del parto. Busqué en profundidad y hallé algunas opciones que no terminaban de convencernos. Lo bueno es que, cuando nuestros caminos se encontraron, supe que, fuera lo que fuese, iba a ser con ellas. El parto en casa era una posibilidad igual que cualquier otra de las que se podría plantear en un parto, incluida la cesárea. 

Por ese motivo estuve haciendo todo el seguimiento con la seguridad social y paralelamente con Marina y Cristina, que me acompañarían el día que me pusiera de parto.

Ese día llegó. El domingo 21 de enero, las contracciones que había ido teniendo esporádicamente durante la semana anterior, empezaron a hacerse frecuentes y bastante intensas. Las tenía cada 10 minutos, con mucha intensidad. A las 23:15 llegaron a casa y, tras valorar la situación, confirmaron que el parto estaba activándose y que lo mejor era descansar un poco hasta que estuviera más establecido. A las 4:30 las contracciones eran muy frecuentes y dieron paso a la fase de dilatación. Durante todo el lunes 22  perdí la conciencia del tiempo y desarrollé esta fase mientras comía, entraba en la piscina o simplemente prestaba atención a lo que me sucedía. Llegó un momento en el que empecé a sentir la presión de empujar y me propusieron hacer un tacto. Parecía que estaba en completa. Así que empezamos con los pujos el día 23; pero las contracciones se me fueron parando. La niña estaba bien en todo momento y no sufría. Yo tenía la fuerza para seguir y decidimos no trasladarnos.

Así que, después de casi 3 horas de pujos, me ofrecieron otro tacto y se dieron cuenta de que seguía muy arriba. Algo estaba pasando. Parecía que no giraba y descendía. Hicimos una maniobra biomecánica para ver si le dábamos margen para que luego descendiera sin problema y paramos a descansar, esperando de nuevo las contracciones y vigilando que la pequeña siguiera bien. A las pocas horas, las contracciones volvieron con fuerza y continuamos con los pujos desde cero. Una hora y media más tarde, el tacto revelaba lo mismo. Había que irse al hospital. Me estaba agotando y algo pasaba. Con frustración y pena, el día 24, después de casi 3 días de parto en casa, ingresaba en el hospital. 

Allí, me vio una primera ginecóloga y dio el mismo veredicto, pero cuando me exploraron en partos (diré que los tactos fueron de la peor experiencia que tuve) se dieron cuenta de que realmente estaba de 4-5 cm pero que la cabecita de la peque estaba muy abajo y no dejaba ver el cuello con claridad. Cómo supe con posterioridad, su cabeza estaba ocultando un cuello poco dilatado. Tenía que volver a la casilla de salida. Los pujos no habían servido porque no estaba dilatada. Pedí el oxido nitroso según llegué, pero empecé a «colocarme» y perder fuerzas, así que, tras valorarlo detenidamente y darme cuenta de que así no iba a llegar a ningún lado, solicité la epidural. Quería descansar para los pujos reales. Tras ponérmela vinieron las exploraciones cada 2 horas. En la primera ya estaba de 6 pero el parto se paraba y tenían miedo de que fuera a instrumentalizarse. En ese momento me dijeron que lo mejor era romper la bolsa y así lo hicieron. En otras dos horas estaba de 8 y con un poco de ayuda de oxitocina sintética, en otras dos estaba completa. Ahora sí que sí. Negocié con la matrona (matrón) que me acompañó durante el proceso que en los pujos quería poder parir como quisiera y para ello estaba dispuesta a quitar la epidural. Así lo hicimos.

 Fueron dos horas de pujos reales, salvajes y muy primitivos. Sin anestesia, sentí cada centímetro del descenso hasta que pude conocer finalmente a mi pequeña. Tuve un desgarro de grado 2 y una sutura que me hicieron con mucho respeto y cuidado. Ya me daba igual. Surya estaba en el mundo sobre mi piel. Estaba en shock y durante días seguí sobrepasada por la experiencia. Ahora, desde la distancia, pienso que he tenido dos partos. Un parto en casa en el que nació mi fortaleza, perseverancia y lucha. En el que me convertí en madre y mi hija y mi pareja me apoyaron sin condiciones. Y en el que tuve que rechazar mi idea de parto ideal para aceptar cualquier cosa que viniera por el bienestar de mi niña y el mío. 

El segundo parto es el que se desarrolló en el hospital. El que me permitió reunirme con Surya, mi sol, al otro lado de la piel. En el que mi pareja se consagró como papá y el que me demostró que pese a todo, fui valiente, pude decidir y que pasara lo que pasase el bienestar de las dos, prevalecería sobre cualquier cosa. 


No ha sido traumático y volvería a pasar por ello las veces necesarias para reunirme con mi pequeña. Todo pasa por algo y los cuidados, atención y respeto que he recibido han sido imprescindibles. Si hubiera ingresado directamente en el hospital sin haber aprendido todo lo que hice en casa, y sin haber recorrido esa parte del camino, probablemente, el parto, habría sido muy diferente. Así que estoy muy agradecida por cada momento y oportunidad en este nuevo recorrido.